Prólogo

El taxi que la trajo desde el aeropuerto la dejó a unas cuantas cuadras del punto de reunión. Recorrer las calles oscuras atravesando la ciudad en mitad de la noche no parecía una buena idea para una joven, claro que Ella no era una chicha convencional. A pesar de su aspecto inocente y delicado, sus ojos escondían una profunda sabiduría adquirida por los largos años recorridos.

La noche era templada y clara, la luna llena iluminaba tenuemente las calles y descubría un cielo estrellado. La ciudad dormía y sus habitantes con ella, unos entre profundos sueños y otros, luchando contra sus propios fantasmas entre pesadillas. A estas horas estaban despiertas solo aquellas personas esclavas del insomnio, trabajo o cualquier otro motivo ajeno a sus propias elecciones. Pocas almas rondarían la ciudad a estas horas, mejor para ellas,  ya que la noche podría traer más que simples sueños o pesadillas. La noche ocultaba cosas más siniestras y peligrosas que el típico borracho de turno o delincuente habitual, especialmente una noche de luna llena cuya energía parecía activar a las criaturas de la noche.

Con su media melena de color castaño, su paso seguro y su mirada de color miel, parecía dominar la noche. Vestía sencilla, pero lucía fascinante con su figura esbelta;  una chaqueta ligera negra de piel, una blusa azul de seda, unos pantalones vaqueros blancos y unas bailarinas negras, caminaba por el medio del asfalto con  elegantes movimientos y paso firme.

A simple vista podría tratarse de  cualquier joven que se retira a casa después de una noche fuera con amigos, pero su mirada, su porte, su seguridad; había un  halo especial alrededor de ella, algo no visible al ojo humano, algo que decía quien realmente era.  Ese algo adquirido con los años, los siglos imposibles, la experiencia de milenios, Ella era la noche y nada temía en la oscuridad.

Llevaba años esperando esa llamada, por fin le había encontrado, después de tanto tiempo podría contarle la verdad. Jesús la había llamado, él había vuelto al mismo lugar, no sabía cuándo ya que ella misma no había vuelto en décadas, desde que él se marchó.  Habrían pasado fácilmente unas seis décadas desde entonces, quizás más o algo menos, pero ¿quién contaba ya el tiempo? El tiempo no pasaba igual para los que eran como ella.

Caminaba sumida en sus pensamientos, pero sus sentidos eran agudos y sabía exactamente lo que pasaba a su alrededor.

Unos metros más adelante, al final de la calle se distinguía una silueta que doblaba la esquina en su dirección, la figura caminaba dando suaves vaivenes, pensó que se trataría posiblemente de alguna alma perdida que habría cerrado alguno de los pubs locales.

– Vaya, que hará una preciosidad como tú sola a estas horas… – Escuchó al hombre que se acercaba y pudo distinguir que este era  de mediana edad, ebrio sin duda, sus movimientos, el tono de sus palabras y el olor a alcohol no dejaban dudas. Se recordó a si misma que para bien o para mal su sentido del olfato era mayor que el de la mayoría y pudo distinguir en el aire la mezcla de tabaco y alcohol barato impregnado en el hombre. La mirada de este era lasciva, aunque Ella ni se inmutó, parecía estar acostumbrada a esta clase de encuentros, parecía que sabía lo que iba encontrarse al final de la calle, en el siguiente cruce y no sentía ningún temor.

– ¿Te has perdido, quieres que llame a tu papá? –  La miraba de arriba abajo, con sonrisa de medio lado y con la  mirada triunfante de haber encontrado una presa.

– Será mejor que se aparte, tengo prisa y odian que llegue tarde – Dijo Ella con indiferencia mientras seguía avanzando a apenas ya a un par de metros del hombre. – Váyase a dormirla, será lo más conveniente y se evitará problemas.

– Vaya…. La cara bonita tiene agallas – Dijo mientras dio unos pasos hacia Ella – Así me gustan a mí, las que se hacen las difíciles… ven aquí bonita, hay un bar no muy lejos, ven a tomarte unas copas conmigo – cuando decía estas palabras Ella ya se encontraba cara a cara con el hombre, no había perdido el paso y de repente, por sorpresa para este; le cogió por el cuello y lo elevó unos centímetros del suelo sin ningún esfuerzo, como si el peso del hombre fuera nulo. El hombre no podía creerlo y rápidamente su mirada se tornó pánico,  mientras la presión en el cuello aumentaba se podía oír el sonido de los huesos al oprimirlos, los ojos del hombre mostraban  que estaba totalmente incrédulo a lo que estaba pasando.

– Creo que ya ha tenido suficientes copas – y con mirada autoritaria dijo – Váyase a su casa, no vuelva a beber nunca más, nunca. Respete a las mujeres y a todo aquel que crea usted más débil, nunca abuse de nadie.

Ella empezó a suavizar la presión del  cuello ya que vio que el hombre se tornaba morado por la falta de aire, y este empezó a asentir, como que entendía el mensaje dado. Ella le soltó y el hombre tocó el suelo con los pies tambaleando y agarrándose el cuello con las manos, como para calmar el dolor de la presión que se había ejercido sobre el.

-No volveré a beber, lo prometo, y tendré respeto por la gente. No me haga daño por favor – Dijo  con terror en su rostro y se fue corriendo, tambaleándose de un lado a otro mientras se alejaba.

-Por supuesto que lo harás, serás un hombre totalmente decente a partir de ahora – Dijo para sí y siguió su marcha por las calles a medio iluminar por las farolas en la noche, como si nada hubiera pasado.